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EL CAGUAN DESCONOCIDO

22 Feb

EL CAGUAN DESCONOCIDO

Válidas son las reclamaciones de los sanvicentunos, expresadas por el señor Omar García, quien fuera el alcalde municipal en la época del llamado ‘despeje’ o ‘zona de distensión’,  decretada por el gobierno nacional sin tener en cuenta a los pobladores y a sus autoridades;  amén de sufrir las tropelías de las Farc, los habitantes de esta zona se quedaron con el señalamiento de ser guerrilleros o amigos de las Farc, algo que quieren revivir los poquísimos politiqueros que medran en la región y que hacen política con el dolor de las víctimas del despeje.

Nada bueno le dejó al Caguán el experimento de paz del gobierno Pastrana; con la guerrilla llegaron fenómenos que desvertebraron el tejido social de una región que fincaba sus esperanzas en los desarrollos agrarios y ganaderos de un pueblo pujante que había colonizado la zona a comienzos de los años 50 del siglo pasado, mucho antes de que en Colombia se hablara de guerrillas comunistas.

Pero el Caguán no era una zona inhóspita, ya desde 1591 los españoles habían fundadola ciudad de Espíritu Santo del Caguán, en la cual se repartió a los indígenas Andakíes en encomiendas dedicadas a la explotación de miel, pita y productos madereros (Pineda, 1992: 86). La región del Caguán se convirtió en el centro de la expansión a las tierras bajas, hacia los ríos Caquetá y Amazonas y, a su paso, se establecieron para comenzar las labores extractivas en las cuales el trabajo era desarrollado por los Indígenas a quienes se les ‘esclavizaba’ para el desarrollo de estas actividades[1].

El Caguán ha sido parte integral de nuestra historia patria y baste recordar su trascendencia en la últimas guerras fronterizas sostenidas por Colombia frente a las agresiones peruanas en 1828-1829, 1932-1933. Para finales del Siglo XIX, el caucho encuentra condiciones favorables para ser comercializado, pues los adelantos técnicos de Europa como los neumáticos para los automóviles exigían de este material (Pineda, 2000). Muchos campesinos y aventureros, en especial pastusos y tolimenses, emprendieron el viaje hacia el piedemonte y la Amazonia para extraer el caucho. En Colombia, la extracción comienza en los ríos Caguán y Orteguaza en el departamento del Caquetá. En este proceso se puede observar la ambición y la destrucción de los ecosistemas, pues en poco tiempo la tala indiscriminada de caucho Negro (castilloa) del piedemonte agotó el recurso y fue preciso buscar más adentro de la planicie, de modo que se desplazan los colombianos hacia el Caquetá y los afluentes del Putumayo[2].

Como fácilmente puede apreciarse es un mito perverso que las Farc hayan sido las generadoras de las poblaciones construidas en las regiones del Pato y Guayabero, como de las circundantes que conforman el Caguán. Otra cosa es la historia construida artificialmente mediante la violencia y el terror fariano que inútilmente ha querido domeñar esta querida parte de nuestra nacionalidad.

Como bien señala el ex alcalde García, el Caguán se volvió cocalero porque así lo impusieron las Farc entre 1998 y 2002; con la coca llegaron todos los fenómenos delictivos que afectan la seguridad ciudadana: la extorsión, el secuestro, los homicidios por ajustes de cuentas entre bandas narcotraficantes, algo que era ajeno a la idiosincrasia de sus pobladores. El Caguán no fue en esa época un laboratorio de paz sino un centro de fortalecimiento del narcoterrorismo que alcanzó a soñar con la toma del poder político de Colombia o al menos con su división como república.

Hay que recordar que el empoderamiento de la región por las narcoguerrillas obedeció a una decisión gubernamental de Andrés Pastrana Arango al entregarle sin ninguna consulta a los pobladores o mediante el establecimiento de una garantía o contraprestación mínima, los 42.000 km2 de nuestro territorio a las Farc. No hay que olvidar que entonces las Farc impusieron sus condiciones, entre ellas el retiro de ese territorio de la autoridad militar y policial, como el sometimiento a su capricho de toda autoridad administrativa o política. Nadie tiene las cuentas claras sobre la cantidad de muertos, desaparecidos, despojados o desplazados de la zona de despeje mientras duró la tiranía narcomunista, sólo sus deudos silenciados por las ONG y Colectivos que quieren apropiarse del dolor de los caguaneños y que hor protestan por no poder cobrar honorarios exorbitantes a esas víctimas.

Las Farc y sus apologistas quisieron hablar de comunidades de paz, de la construcción de un poder ‘democrático’ a partir del desarrollo local, algo que nunca propusieron mientras duró el despeje e impusieron el poder en la región mediante la violencia y el terror; es esa doble moral la que selló el destino de la narcoguerrilla y genera el rechazo de la gran mayoría de los pobladores que no quieren repetir la historia para caer de nuevo en la idiotez de unos diálogos que no conducirán a nada distinto que fortalecer a las organizaciones armadas ilegales y al narcotráfico, que siempre verán la buena disposición de los gobiernos legítimos como debilidad institucional.

Con razón exigen los caguaneños que cualquier decisión del gobierno de la unidad nacional frente a las narcoguerrillas, consulte primero el interés de las regiones que podrían afectarse y no las expresiones de minorías ruidosas y mediáticas que aspiran a reposicionar a las Farc como expresión de insurgencia, en tanto la misma no existe.

Bajo ninguna excusa el país puede volver a la época de país inviable con el que Colombia fue señalada internacionalmente en los períodos presidenciales de Samper Pizano y Pastrana Arango, que no teniendo ninguna representatividad electoral manejan y disponen hoy del gobierno en contra de la voluntad popular. La ansiedad del ‘amiguismo apaciguacionista’ impone hoy la voluntad de los derrotados políticamente en las urnas por sobre la soberanía popular consagrada en el art. 3º de nuestra Constitución: La soberanía reside exclusivamente en el pueblo, del cual emana el poder público. El pueblo la ejerce en forma directa o por medio de sus representantes.

Por eso la promoción de las Farc que se quiso hacer en San Vicente del Caguán no representa la voluntad del pueblo, voluntad expresada mediante el comunicado público de su Concejo municipal y que rechaza absolutamente toda manifestación que quiera recordar fechas, épocas y personajes oscuros que solo le han hecho daño al país.

Colombia tiene una gran deuda con el Caguán; el restablecimiento del Batallón Cazadores y el Comando Conjunto apenas representan un abono a la cuenta, porque aún está pendiente el ejercicio pleno de los poderes públicos para garantizarle a la región su inserción real en el desarrollo nacional: vías de comunicación eficientes en cuyo desarrollo está comprometido el Ejército Nacional y la Misión Americana, pero que requieren un mayor aporte del Mintransporte; el ejercicio eficiente y eficaz de los servicios públicos de justicia, educación y salud, como la atención plena de los servicios públicos domiciliarios (acueducto, alcantarillado, energía eléctrica, gas y comunicaciones).

Saldar esta deuda es requisito para el restablecimiento de la confianza de los caguaneños en sus instituciones democráticas, no hacerlo es dejarlos a la deriva y convertirlos nuevamente en víctimas propicias del narcoterrorismo que quiere reasentarse. El 21 de febrero debe convertirse entonces en la fecha de la DIGNIDAD Y EL HONOR DEL CAGUAN, que rechaza toda expresión de violencia y terrorismo amparada por politiquería barata que busca reeditar para sus pobladores la oscura noche del despeje.

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Publicado por en febrero 22, 2012 en Opinión Pública

 

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