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LA PAZ ¿HACIA DÓNDE?

07 Abr

la pazNo debe existir un solo colombiano que, desde cualesquiera que sea su orilla de pensamiento político, no conciba la paz como un posible legado a sus hijos o nietos, especialmente aquellos que han tenido que sufrir más de 50 años de una guerra absurda declarada contra la sociedad por quienes concibieron posible llegar al poder a imagen y semejanza de la Rusia de finales de comienzos del siglo XX y prolongada por sus sucesores, empeñados en repetir en Colombia la experiencia cubana o del Vietnam.

Pero para construir la paz en Colombia hay que comenzar por despolarizar la memoria histórica que debe construirse, ese, como el tema de los Derechos Humanos DD.HH. o el Derecho Internacional Humanitario DIH, no puede abrogarse como el patrimonio político de quienes continuaron la horrenda violencia política que el país ha vivido prácticamente desde su fundación como república.

La guerra en Colombia, como lo señalaba Claüsewitz, no ha sido más que la continuidad de la inoperancia de la política; al banquillo de los responsables de nuestras violencias deben asistir todos sus actores. Los que iniciaron las primeras violencias y aquellos que aprovechándose de ellas las han continuado. En Colombia, antes que el soldado, es el político quien debe responder por el estado de cosas absurdo que vivimos.

Y cuando se habla de políticos, el pueblo colombiano no rechaza a aquellos ciudadanos que hicieron del Estado democrático su razón de ser, sino de toda esa pléyade de vividores que invocando diversas razones hicieron del Estado su razón para ser; para ser más poderosos o para acceder al poder, aquellos que antepusieron la razón particular al bienestar común.

Razón tiene el maestro Juan Gabriel Gómez Albarello (GÓMEZ ALBARELLO, Juan Gabriel. EL ESPECTADOR., 2012), al señalar que depende de nosotros impedir que las Farc se tomen nuestra vocería, que debe estar encaminada a exigir la existencia de una verdadera justicia social para restablecer el país; la nuestra, dice el profesor Gómez Albarello, debe ser una obstinada demanda de justicia social en uno de los países más desiguales del planeta.

La paz, concebida como tal, no representa nada más el silencio de los fusiles; y la paz tiene un alto costo económico, ínfimo frente a lo que se destina para la guerra, pero es un costo que habría que preguntarles a los contribuyentes si están dispuestos a asumir.

A estas alturas, no son las buenas voluntades políticas o cívicas, las que hacen la paz. Es la capacidad económica del Estado para asumir el proceso y habría que confrontar cómo el Estado ha asumido desde 1991 el fenómeno de las Centrales de Abastos, matas de la corrupción y el crimen hoy en día, en un momento en el que la sociedad reclama atención a la seguridad personal.

Se plantea el profesor Gómez Albarello:

En primer lugar, que las relaciones de poder, tal como funcionan en una sociedad como la nuestra, tienen esencialmente como punto de anclaje cierta relación de fuerza establecida en un momento dado, históricamente identificable, en la guerra y por la guerra. Y si bien es cierto que el poder político detiene la guerra e intenta hacer reinar la paz en la sociedad civil, no lo hace en absoluto para neutralizar los efectos de aquella o el desequilibrio que se manifestó en su batalla final. En esta hipótesis, el papel del poder político seria reinscribir perpetuamente esa relación de fuerza, por medio de una especie de guerra silenciosa, y reinscribirla en las instituciones, en las desigualdades económicas, en el lenguaje, hasta en los cuerpos de unos y otros. Este es el primer sentido que habría que darle a la inversión del aforismo. En segundo término, dentro de esa “paz civil”, las luchas políticas, los enfrentamientos con el poder por el poder, las modificaciones de las relaciones de fuerza, todo eso, en un sistema político, no debería interpretarse sino como las secuelas de la guerra. Y habría que descifrarlo como episodios, fragmentaciones, desplazamientos de la guerra misma. Nunca se escribiría otra cosa que la historia de esta misma guerra. Aunque se escribiese la historia de la paz y las instituciones[1].

Allí reside una gran verdad, ¿nuestra clase política quiere la paz? el poder no se da ni se intercambia, ni se retoma, sino que se ejerce y solo existe en acto. También podemos decir que el poder no es mantenimiento ni prorroga de las relaciones económicas, sino, primariamente, una relación de fuerza en sí mismo[2]. ¿Está nuestra clase política a renunciar a ese poder?


[1] GÓMEZ ALBARELO, Juan Gabriel. ¿Qué esperar tras las liberaciones? El Espectador. Abril 7 de 2012. Pág. 4.
[2] PSILOSOFIA. Conceptos: Análisis del poder e inversión de Claüsewitz. En: http://psilosofia.com/inversion-clausewitz-foucault/#more-548
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Publicado por en abril 7, 2012 en Opinión Pública

 

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