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LA TRAGEDIA LATINOAMERICANA: NO FUIMOS NOSOTROS, QUISIMOS SER LOS OTROS

20 Abr

LA TRAGEDIA LATINOAMERICANA: NO FUIMOS NOSOTROS, QUISIMOS SER LOS OTROSParodiando al escritor uruguayo Eduardo Galeano, puede decirse que en su acierto recoge la conclusión de la gran tragedia latinoamericana, la pérdida de identidad como pueblos, como culturas, como civilizaciones, absorbidas en ese afán de la metrópolis, de la masificación y el hedonismo, que invadió al subcontinente en la segunda mitad del siglo XX.

La pérdida de las raíces históricas de nuestras naciones es patética, si ahora se invocan es con el interés mediático de servir a una u otra causa política, incluso cuando resultan paradojas inexplicables, como el hecho de que el marxismo invoque la figura de Bolívar para expandirse, siendo que el pensador materialista quiso, en su momento, destruir la imagen del Libertador al llamarlo el“canalla más cobarde, brutal y miserable” de todos los tiempos[1].

La carencia de una identidad nacional ha permitido la construcción de lo que Ortega y Gasset llamó el hombre-masa. Este hombre-masa es el hombre previamente vaciado de su propia historia, sin entrañas de pasado y, por lo mismo, dócil a todas las disciplinas llamadas “internacionales”. Más que un hombre, es sólo un caparazón de hombre constituido por merasidola fori; carece de un “dentro”, de una intimidad suya, inexorable e inalienable, de un yo que no se pueda revocar. De aquí que esté siempre en disponibilidad para fingir ser cualquier cosa. Tiene sólo apetitos, cree que tiene sólo derechos y no cree que tiene obligaciones: es el hombre sin la nobleza que obliga — sine nobilitate —, snob[2].

La Constitución Política de Colombia de 1991 es quizá el mejor ejemplo de cómo se forma ese hombre-masa, mientras 99 artículos hablan de derechos, apenas 1 hace referencia a las obligaciones del ciudadano. Como bien señalara con respecto a la sociedad española Manuel Fraga Iribarne, también en Colombia se ha renunciado a elevar por la vía de la cultura y la técnica a su pueblo, en el entendido percibido por Hegel y otros pensadores europeos, incluso del marxismo, que la historia es implacable y en ocasiones a unas generaciones les corresponde sacrificarse para dar algunos saltos al desarrollo, el principio de solidaridad tan pomposamente exhibido en el prólogo constitucional se traduce sencillamente en asistencialismo o miserabilismo como dijera el inmolado Álvaro Gómez Hurtado.

Cuando el Estado colombiano renunció a ser el rector de la educación en Colombia y le cedió ese rol a la marxista FECODE, se cercenaron de un tajo los vínculos con nuestros valores históricos y se dio paso a la peligrosa enseñanza de la lucha de clases como valor formativo de los educandos. La feroz lucha de clases que aún hoy, fracasado el modelo comunista, amenaza con descalabrar la sociedad y su modelo de vida.

El Estado mismo patrocinó, editó y distribuyó peligrosos textos de historia en la que los pedagogos marxistas con el pretexto de desmitificar la historia, impusieran sobre los héroes de nuestra independencia el criterio de Carlos Marx arriba señalado, reemplazándolos por las figuras de los terroristas que desde la Rusia Soviética y otras naciones en el siglo XX, impusieran a sangre y fuego el modelo estalinista de Estado.

Esa ausencia de identidad nacional es la que lleva al hombre-masa a repudiar y condenar al líder natural de sus pueblos, al que antepone el orden y la ley por sobre la anarquía politiquera, y acoger como válidas las prácticas de los corruptos, los mediocres, los arribistas, los hipócritas, los aduladores, las nulidades solemnes, los abyectos y los aventureros políticos que ven tan noble actividad como un simple negocio, abriendo un camino ganancioso para la izquierda obsoleta y los agentes del caos[3].

No de otra manera se puede comprender el fenómeno inexplicable del avance del populismo socialista en Latinoamérica; reciclar tesis políticas e ideológicas derrotadas en el mundo entero, se presenta como gran novedad a ese hombre-masa que es el latinoamericano de hoy, a ese que renuncia a ser para parecer. Las masas no siempre quieren entender el momento político, prefieren que les den masticadas las consignas de lucha[4] y se acomodan fácilmente a la ley del menor esfuerzo, las propuestas populistas, por absurdas que sean, tienen más aceptación que el llamado al esfuerzo común por reorganizar el estado de cosas.

El hombre-masa, imbuido del colectivismo socialista, no puede entender que individuo y Estado significan dos meros órganos de un único sujeto: la sociedad. De ahí que el hombre-masa se crea solamente sujeto de derechos, no contribuye al desarrollo social pero le exige a la sociedad darle todo y sin ninguna contraprestación, el miserabilismo que crea colectivos mendicantes y poco dispuestos a crear riqueza social y económica.

Stuart Miller ya visionaba este cuadro social cuando decía: La disposición de los hombres, sea como soberanos, sea como conciudadanos, a imponer a los demás como regla de conducta su opinión y sus gustos, se halla tan enérgicamente sustentada por algunos de los mejores y algunos de los peores sentimientos inherentes a la naturaleza humana, que casi nunca se contiene más que por faltarle poder. Y como el poder no parece hallarse en vía de declinar, sino de crecer, debemos esperar, a menos que una fuerte barrera de convicción moral no se eleve contra el mal, debemos esperar, digo, que en las condiciones presentes del mundo esta disposición no hará sino aumentar[5]

Es en ese patético estadio donde las opiniones y reglas de conducta de las minorías desnaturalizan la democracia liberal, imponiendo per se sus criterios por sobre el modelo social que quieren las mayorías, que deben doblegarse calladamente so pena de ser consideradas discriminadoras o excluyentes.

Es esa mediocridad la que permite que los políticos se hagan elegir con un programa de gobierno, pero al día siguiente lo cambien por uno diametralmente opuesto. Es la victoria que reclaman los corruptos, los mediocres, los arribistas, los hipócritas, los aduladores, las nulidades solemnes, los abyectos y los aventureros políticos que ven tan noble actividad como un simple negocio, que tanto denunciaran en España Manuel Fraga y en Colombia Álvaro Gómez Hurtado y Álvaro Uribe Vélez; esos malos elementos que ahora viven su cuarto de hora en el poder público nacional.


[1] Carta de Carlos Marx a Federico Engels. 14 de febrero de 1858.
[2] ORTEGA Y GASSET, José. La rebelión de las masas. Edición electrónica. 2004. En: http://www.laeditorialvirtual.com.ar/pages/Ortega_y_Gasset/Ortega_LaRebelionDeLasMasas01.htm[3] ABELLO, Alberto. Manuel Fraga Iribarne: el pensador conservador. El Nuevo Siglo. Enero 22 de 2012. En: http://www.elnuevosiglo.com.co/articulos/1-2012-manuel-fraga-iribarne-el-pensador-conservador.html

[4] Ibíd.

[5] ORTEGA Y GASSET, José.  Ob.cit.
 
 
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Publicado por en abril 20, 2012 en Opinión Pública

 

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