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EL CIRCO DE LA LIBERTAD HUMANA

01 Jun

EL CIRCO DE LA LIBERTAD HUMANATal como era previsible; en medio de un enjambre de periodistas de todas las latitudes y con una demostración de fuerza, las Farc liberaron al periodista francés René Langlois, hasta la inefable embajadora fariana Piedad Córdoba resultó afectada, no pudo figurar para los medios.

Custodiado por terroristas armados, el periodista francés fue sometido al paseíllo; los terroristas se robaron el show, liberando a su víctima posaron para el mundo como ángeles de libertad, pero su intención se queda apenas en la imagen de primer plano porque las primeras declaraciones de Langlois les caen como un llamado a juicio universal por sus crímenes, en lugar de la imagen de terrucos bigotudos mejor les hubiere sido exhibir a la negra del turbante, seguramente hablando de la paz que se le quiere imponer al pueblo colombiano.

De este show libertario armado por las Farc y la Marcha Patriótica, hay que rescatar dos cosas. Fiel a su compromiso de asegurar la vida de la víctima, el Ejército Nacional prácticamente suspendió toda operación armada desde el momento mismo de su secuestro, como valientemente lo señaló el señor Gobernador (E) del Caquetá en la emisión del programa ‘La Noche’ del canal televisivo RCN y, segundo, la prensa del mundo tuvo la oportunidad de movilizarse libremente y sin ninguna restricción, contando con la debida protección de la Fuerza Pública en el operativo de liberación de Langlois.

Ojalá de esta experiencia salgan enseñanzas útiles a la hora de seguir cubriendo el conflicto armado en Colombia, como reclamaba el liberado; una experiencia que no debería repetirse en respeto a los derechos humanos y el derecho internacional humanitario, reiterada y sistemáticamente violado por las Farc y las organizaciones criminales que en su torno giran, en contra del pueblo colombiano, especialmente de los sectores campesinos e indígenas, los más desfavorecidos en este conflicto.

Ojalá esa legión de periodistas, nacionales y extranjeros, cubran esta vez la realidad de ese “conflicto” y libertades fundamentales como la de expresión; el Estado colombiano no ha sometido a privación ilícita de la libertad a publicistas y voceros de las Farc, pese a sus evidentes nexos, sino que respetando el debido proceso los ha dejado en libertad por tecnicismos jurídicos e incluso por falta de voluntad jurídica de fiscales y jueces por investigar sus conductas apologistas de la narcoguerrilla; libertad que ha sido respetada y avalada por la sociedad colombiana hasta el punto de que algunos de ellos desempeñen cargos públicos en la administración distrital.

Cosa contraria a la voluntad que asiste a los secuestradores de Langlois, interesados en que únicamente se cuente su “verdad”, su apreciación de los hechos que constituyen las causas de la violencia en Colombia, la misma que sostienen sus apologistas mientras callan y ocultan la realidad narcotraficante y criminal de las guerrillas colombianas.

Langlois estaba cubriendo precisamente una nota que vincula a las Farc con el narcotráfico cuando fue secuestrado, esa es una realidad vital que no puede ser omitida por los medios de comunicación social en el mundo entero; no puede tratar de decirse ahora que era la lucha por un metro de tierra entre campesinos desposeídos y las fuerzas represivas de la oligarquía colombiana, precisamente en un momento en el que el gobierno colombiano les está entregando la llave, la cerradura y la puerta completa para que accedan a la tan anhelada paz.

Dice la UNESCO que una prensa libre, pluralista e independiente es un componente esencial de toda sociedad democrática, algo que a pesar de algunos ‘periodistas’ amarillistas, sensacionalistas, que nutren el ejercicio de su profesión en el dolor social, es una realidad en el país.

Aquí hay periodistas valientes que han querido desenmascarar esa simbiosis político-armada que en pleno siglo XXI representa aún el ejercicio político de algunos sectores de la vida nacional, pero que son acallados por la tarea sistemática de los apologistas de las Farc o los idiotas útiles que sirven a sus intereses protervos.

Basta ver la saña con que algunos dizques caricaturistas y otros opinadores se han ensañado con Fernando Londoño Hoyos por haber denunciado el robo de un reloj de su propiedad en medio de la confusión del atentado causado en su contra por las Farc; el Espectador hoy por hoy es el principal medio de difusión de las tesis farianas y el socialismo bolivariano, lástima por un diario cuyo último exponente fue ultimado precisamente por esa alianza de terroristas y narcotraficantes que sigue golpeando al país.

Hay que ver la pestilencia que acompaña las columnas de los Ramiro Bejarano, los Alfredo Molano y otros opinadores de cloaca contra quienes han combatido desde todas las trincheras legales a las Farc y al comunismo, donde no se incluye el liberalismo narcotraficante que sin lugar a duda acompaña a Ernesto Samper y del que hizo parte Pablo Escobar y otros bandidos ungidos con su bendición que llegaron a cargos públicos.

Que investiguen las causas de la violencia en Colombia y entre ellas incluyan la pretendida legitimación de los capitales narcotraficantes de Alfonso López Michelsen y la tristemente célebre ventanilla siniestra del Banco de la República. Que el negro Gómez Méndez aclare de una vez por todo su patético papel como Fiscal de Colombia y su persecución a las FF.MM mientras exoneraba a diestra y siniestra a narcobandidos y terroristas, papel que también cumplieron con excelencia algunos magistrados de las altas Cortes que hoy son voceros del comunismo criollo.

Es que la violencia en Colombia no se expresa solamente en los fusiles, fundamentalmente tiene su origen en la actividad política de aquellos convencidos de que solamente ‘profundizando la crisis de la democracia’ pueden acceder al poder; en la corrupción rampante que en Departamentos como el Chocó ha sido alimentada por el mismo partido político allí eternizado en el poder, mientras el pueblo sufre todas las penurias inimaginables.

Esa misma violencia que no ha tenido solución militar porque algunos gobernantes han preferido optar por el camino apaciguacionista frustrando la derrota que en el campo de las armas es inevitable para las narcoguerrillas, como sucedió en 1975, en los 80, a finales de los 90 y el paso al nuevo siglo y como parece estar aconteciendo en la actualidad.

Las narcoguerrillas en Colombia se nutren de los apetitos politiqueros, burocráticos y corruptos de unos pocos políticos que han permanecido o se camuflan para llegar al poder, asaltando la buena fe y la voluntad de los colombianos. Los mismos que se muestran como víctimas de una violencia que ellos han amamantado y visto crecer.

 

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Publicado por en junio 1, 2012 en Opinión Pública

 

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