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QUE TERCEROS VENGAN A NEGOCIAR LA PAZ, PIDEN LAS FARC.

01 Jun

QUE TERCEROS VENGAN A NEGOCIAR LA PAZ, PIDEN LAS FARC.Así lo señaló el periodista francés René Langlois en rueda de prensa luego de su liberación tras 33 días de cautiverio en manos de las narcoguerrillas. Para las Farc, dijo Langlois, pensar en una negociación entre colombianos es muy difícil, al urgir la intervención de otros gobiernos, entre ellos el francés, porque están ‘mamaos’ de la guerra.

Es evidente, como lo dijera el mismo periodista, que su secuestro tuvo una motivación política para las Farc, que al retenerlo ilícitamente durante una operación antinarcóticos que se cumplía en la Unión Peneya, Caquetá, vieron la oportunidad de jugar una carta internacional y mostrarle al mundo una fortaleza que reclaman para ser consideradas parte legítima en una eventual negociación de paz con el gobierno colombiano.

Siendo improbable que sus aliados bolivarianos puedan intervenir nuevamente en un proceso de esa índole en el país, las Farc y sus apologistas requieren de un respaldo político de otros gobiernos, especialmente europeos, con los que pueda existir cierta identidad ideológica como ocurriría con los llamados ‘socialistas’, como el del presidente francés Hollande.

Abierta la compuerta para una posible negociación con el terrorismo por obra del llamado marco para la paz, las Farc requieren con urgencia un reposicionamiento político a nivel internacional, porque allí tendrían una fortaleza y una oportunidad para que les quiten el calificativo de terroristas y se les apoye mediante la presión a la sociedad colombiana, con el sofisma de superar la guerra que las mismas Farc iniciaron desde finales de los años 50 del siglo pasado.

Las Farc confían en la cortedad de la memoria del pueblo colombiano, en el hecho cierto de que la mayoría de la población no conoce de cerca el conflicto armado y sus únicos referentes son el proceso del Caguán y los 8 años de la seguridad democrática[1]; hecho que sin duda ha repercutido en la facilidad con que han infiltrado centros educativos y sociales, para mostrarse como las víctimas o representantes de las víctimas de ese conflicto.

Confían también en que habiéndose convertido el narcotráfico en un fenómeno de relativa aceptación política y social, que existiendo voces de personajes de influencia nacional e internacional que proclaman la derrota de las políticas antinarcóticos en el mundo, sus vínculos con este delito no sean tenidos en cuenta a la hora de juzgar sus acciones criminales y se permita la mayor laxitud, cuando no el olvido, a la hora de establecer ese marco para la paz tan favorable a ellos.

Si los cabecillas de las Farc no van a ser sujetos de judicialización por los delitos de lesa humanidad cometidos en cerca de 50 años de agresión a la sociedad colombiana, es un hecho que subsistirán los mecanismos para que mediante el terror (no siempre armado), y la intimidación puedan ejercer presión sobre amplios grupos sociales para alcanzar sus objetivos; la paz que se persigue mediante el acto legislativo discutido en el Congreso, no garantiza la ausencia de una violencia estructural en el país, por el contrario, mantendrá las raíces de la violencia endémica al desconocer de manera tajante los derechos de las víctimas de las narcoguerrillas.

Desde el punto de vista ideológico, cómo puede un Estado que cuenta con una de las Constituciones más avanzadas del mundo en materia del reconocimiento de los derechos fundamentales del ciudadano, discutir un modelo de gobierno o de Estado mismo, con unas narcoguerrillas ancladas en las mismas tesis de finales del siglo XIX y en el modelo de una revolución comunista que fracasó en el mundo entero.

Basta una mirada desapasionada al llamado Movimiento Continental Bolivariano, de inspiración fariana, para entender la aspiración de las narcoguerrillas y sus apologistas de imponer un modelo político estalinista abiertamente contrapuesto a las tesis dialécticas marxistas-leninistas, aunque se apoden como tales. Así está recogida en la Plataforma Bolivariana para una Nueva Colombia de las Farc, a las que simplemente se les han agregado algunas frases nuevas sobre el medio ambientalismo y el indigenismo, algo que ellas mismas se han encargado de arrasar en su afán narcotraficante.

Las Farc no tienen excusa para continuar su guerra contra el pueblo colombiano y de ahí su necesidad de convocar la presencia de terceros que aún alimentan la ilusión de las ‘guerrillas idealistas’ que el comunismo, especialmente soviético, creó durante los años 60 para justificar sus políticas expansionistas.

Cuando en los años 50 Manuel Cepeda, Gilberto Vieira y otros dirigentes del Partido Comunista Colombiano, atendiendo las órdenes de Moscú, introdujeron al país la tesis de la ‘combinación de las formas de lucha’, lo hicieron con el convencimiento de que en pocos años habrían creado un ejército popular capaz de derrotar al Estado democrático e imponer la dictadura del proletariado, pero sus cálculos jamás consultaron la realidad del pueblo colombiano y por ello nunca concitaron su apoyo; el comunismo, pese al terror fariano, nunca ha representado más allá del 1% de los colombianos.

Esa es la otra óptica errada del señor Langlois, creer que existe un número representativo de colombianos que apoyando a las Farc puedan legitimar sus criminales acciones; es fácil pensar en ello en medio de un circo mediático como el armado para su liberación, la presencia de los facinerosos armados hasta los dientes mueve cualquier cantidad de habitantes de humildes caseríos y municipios pequeños, máxime cuando ese amedrentamiento iba acompañado de la posibilidad de carne asada y hasta una cerveza.

Pero él, como periodista, debió haberse preguntado si en verdad esa fiesta era para celebrar su liberación o para publicitar a las Farc y a sus apologistas; algo que debe meditar ahora en la holgura de su libertad; lo dijo tibiamente pero exige una mayor contundencia: Su secuestro, aunque no lo reconozca pese a los mismos manifiestos de la narcoguerrilla, que lo consideraron ‘prisionero de guerra’, tuvo ese final feliz porque reditua mejores dividendos para sus captores.

René Langlois era apenas un regular reportero de la televisión francesa, que no hace mucho ofendió la dignidad del Estado colombiano al tratar de hacerlo parte de los delitos de lesa humanidad generados por el conflicto, luego de una larga y aleccionadora cátedra de alias Raúl Reyes; no creemos que sea uno de los publicistas de las Farc, pero queda la duda si después de ser catapultado al estrellato internacional por las narcoguerrillas, le quede algo de conciencia, imparcialidad y profesionalismo para seguir desempeñándose como reportero ‘independiente’ en el país.


[1] La edad promedio de la población colombiano hoy es de 24.4 años. El 32.8% es menor de 15 años, mientras sólo el 6.9% de los colombianos supera los 60 años de edad. Aproximadamente el 63% de nuestros compatriotas es menor de 29 años. Fuente: DANE. Citado en AtinaChile por Juan Sebastián Echeverry López. En: http://www.atinachile.cl/content/view/9320/Colombia-es-un-pa-s-de-J-venes.html

 

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Publicado por en junio 1, 2012 en Opinión Pública

 

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