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LA PAZ POR LAS BUENAS O POR LAS MALAS: J.M. SANTOS

06 Jun

Cuando el presidente Santos anunciaba el 6 de diciembre de 2011 que estaba dispuesto a alcanzar la paz por las buenas o por las malas, el ciudadano del común entendía que esa paz sería fruto de una concertación nacional que implicara una renuncia de las narcoguerrillas al uso de las armas como medio político o al definitivo sometimiento de éstas por la fuerza legal del Estado, la consolidación de lo alcanzado mediante la Política de Defensa y Seguridad Democrática en 8 años de combate a estas organizaciones criminales.

Con sorpresa hoy, ese ciudadano de a pie va entendiendo que al referirse a lograr la paz por las malas, era mediante la imposición de una normatividad derrotista que reconoce un inexistente triunfo de los narcoterroristas, hoy sujetos en un acto legislativo de todas las prebendas y reconocimientos que se deben a quien ha triunfado en el combate, mientras que a quienes realmente triunfaron en las batallas se les advierte un oscuro panorama en el que serán juzgados y tratados como responsables de la violencia que desde 1964 los terroristas ejercen sobe el país.

Lo que nos mueve hoy a todos los colombianos es un rechazo a esa violencia, decía el presidente Santos, llevamos demasiado tiempo, llevamos casi 50 años, muchos de nosotros no hemos conocido un día de paz, y queremos dejarles a nuestros hijos, a estos muchachos, un país que pueda prosperar en paz; lastimosamente no advertía cuál sería el precio de la precaria paz que persigue: La claudicación del Estado ante unas acorraladas narcoguerrillas, para evadir la dura realidad de la guerra.

En diciembre de 2011 Santos señalaba que se requerían gestos reales por parte de las Farc y ponía como condición la liberación de los secuestrados; al parecer el gobierno se siente satisfecho con la liberación de 12 militares y policías de los que se tenía noticia se encontraban en esa situación, pero nada ha dicho sobre los por lo menos 450 colombianos, entre ellos soldados y policías, que permanecen en condición de ‘desaparecidos’ por acción de las bandas terroristas. De entrada, negar esa realidad para favorecer políticas de apaciguamiento, constituye una reconocimiento derrotista que violenta los derechos de las víctimas.

El cuestionamiento a las políticas apaciguacionistas no es una posición guerrerista o de extrema derecha como pretenden mostrarlos los áulicos de las políticas santistas; es una exigencia de verdadera justicia, verdad y reparación para los cientos de miles de víctimas que en 48 años han generado las Farc y Eln con su accionar criminal, es una exigencia mínima de reconocimiento a los derechos fundamentales de quienes han padecido ese largo conflicto ocasionado desde concepciones ideológicas y que nunca ha tenido respaldo popular.

Y es que precisamente los grandes ganadores con estas políticas derrotistas, además de las narcoguerrillas, serán esos sectores de la izquierda fundamentalista que atizaron la violencia en los años 50 y que siempre han sido una ínfima minoría en la vida política nacional; los que a fuerza de gritos, anarquía, vandalismo y mentiras imponen una Memoria Histórica escrita por ellos mismos, donde los culpables de la violencia son quienes buscaron la primacía del Orden y la Ley como rezan nuestras insignias patrias. También lo serán esos políticos que después de haber sido mayoría nacional se entregaron a la ordalía narcopolítica y hoy son comparsas oportunistas, rémoras que se pegan para mantener algún reconocimiento.

En tanto, las grandes mayorías, esas que votaron por consolidar los éxitos de la Seguridad Democrática serán sometidas por la fuerza de las minorías a aceptar una paz indigna que permitirá que los victimarios de la sociedad y el pueblo colombianos funjan muy pronto como voceros y conductores políticos de nuestra Nación.

Con esa paupérrima paz se legitima la amenaza contra los valores más caros de los colombianos: La Tradición, la Propiedad y la Familia muy pronto no serán más que lejanos recuerdos de una sociedad democrática y lo legal será la absoluta descomposición social como ocurrió en Cuba y como está sucediendo en Venezuela.

Cuando en esos lares la historia está de vuelta y las sociedades luchan por cambiar el estado de cosas impuesto por el comunismo, en Colombia seremos sometidos por la fuerza a aceptar como válidos los fracasados planteamientos. Hasta eso nos llegará tarde.

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Publicado por en junio 6, 2012 en Opinión Pública

 

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