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VANDALISMO IRRACIONAL

28 Ago

Vandalismo irracionalLo sucedido en el día de ayer en el municipio de Facatativá donde la turba enardecida se dedicó al puro y simple saqueo y destrucción de establecimientos públicos y privados, viviendas y mobiliario urbano, nada tiene que ver con la protesta social sino que constituye un hecho de vandalismo irracional que merece todo el repudio, en primer lugar de los promotores del Paro Agrario Nacional porque estas expresiones delincuenciales desnaturalizan su protesta y de la comunidad en general que es la primera víctima de las acciones extremistas.

Sólo hay que ver las imágenes dantescas de los sucesos para entender quiénes son los que criminalizan la protesta social, quiénes son los que a la sombra de la justeza de un reclamo aprovechan para descargar todo un cúmulo de resentimientos y rabias antisociales estimuladas por el odio de clases, o combinación de las formas de lucha, con que los agitadores profesionales y los apologistas de la narcoguerrilla sostienen un discurso atávico para promover enfrentamientos y divisiones entre la misma sociedad y sus instituciones, para sacar provechos mezquinos e imponer mediante el terror sus propuestas políticas.

Quienes promueven ese odio de clases saben manipular hábilmente la llamada conciencia de masa que dirigen anárquicamente para generar caos y zozobra social. El sociólogo francés Gustavo Le Bon define este fenómeno magistralmente al señalar que las personas, cuando forman parte de una masa, tienen una conducta extraña y dejan de ser ellas mismas para pasar a integrarse a lo que él llamó alma de masa, definida como un espíritu colectivo, distinto al de cada uno de los  individuos componentes del fenómeno. En esta alma colectiva se funden, por contagio, las mentes individuales, formándose una unidad mental que hace perder a cada su individualidad. El control personal de los instintos más primarios desaparece, con lo que las reacciones de la masa pasan a ser irracionales, emotivas, extremas, volubles e irresponsables.

Es sabido que a la par de estas movilizaciones multitudinarias medran toda suerte de delincuentes, anarquistas y sociópatas de toda laya cuya realización personal reside en promover el desorden por el desorden, la violencia por la violencia. Como individuos pueden pasar desapercibidos, uno más del montón, a nivel individual las conductas irracionales no aparecen de forma muy pronunciada, pero en la masa debido al anonimato de sus miembros, la emocionalidad es elevada y la anomia, se llega con frecuencia a conductas irracionales. Por eso estos delincuentes lo primero que se cubren es el rostro, encuentran valor para sus desafueros en el anonimato que ese gesto representa.

La acción delincuencial de los sociópatas prende como llama en pastizal seco en las conductas de los miembros de la masa, que se dejan arrastrar como borregos al desorden y la confrontación. Por el simple hecho de integrarse en una multitud, el individuo adquiere un sentimiento de poder invencible, que hace que la muchedumbre se vuelva más primitiva y menos sujeta al control ejercido por la conciencia o por el temor al castigo. Ello dará lugar a conductas colectivas que los individuos por sí solo nunca ejecutarían.

Esa realidad es la que explotan tan hábilmente los narcoterroristas y sus apologistas. Cuando ellos hablan de acción de masas, de organización de masas, se refieren precisamente a la utilización de la masa amorfa para el servicio de sus intereses. Basta con un grupito pequeño de agitadores que se confunden con la masa para detonar la crisis; son esos agitadores los que lanzan las primeras piedras, los que detonan las primeras bombas papa o los primeros cocteles molotov contra la fuerza pública, generan el caos y agreden incluso a personas que están dentro de la masa y acusan al policía para crear sentimientos de animadversión, generado el caos y el enfrentamiento estos sociópatas desaparecen y buscan otro grupo de personas para repetir su acción.

Los promotores de ese vandalismo irracional son los primeros en quejarse amargamente en las redes sociales de los “excesos” de la fuerza pública, de “represión” de la protesta social, letanías que se repiten como un eco por personas inocentes que no comprenden, no detectan las intenciones de los delincuentes y se crea toda una “conciencia de masa” que ve como agresor a quien tiene la obligación constitucional y legal de defender los intereses públicos y los de los ciudadanos. Algo parecido a lo que sucede cuando en una calle un delincuente hurta los bienes de una persona, en seguida se forma el coro de ciudadanos que gritan ¡Cójanlo, cójanlo!, y cuando el policía captura al ladrón la gente comienza a increpar al policía porque “maltrata” al delincuente, que generalmente termina evadiendo la captura y se va muerto de la risa mientras los ciudadanos se enfrentan al policía.

Nada justifica que a un señor de 67 años lo agredan y le quemen su tracto camión, la única fuente de su supervivencia, o que a un comerciante le destruyan y saqueen su negocio o a u ciudadano le quemen su carrito o le destruyan su vivienda, simplemente porque alguien está bravo por una situación de injusticia, pretender justificar estos hechos significa una injusticia mayor que aquella contra la que se protesta.

La mayoría de los colombianos entendemos la justeza de los reclamos de nuestros campesinos, pero no podemos volvernos por ello cómplices, idiotas útiles del narcoterrorismo y de sus apologistas o de protervos intereses que nada tienen que ver con la protesta social que agita al país.

 
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Publicado por en agosto 28, 2013 en Opinión Pública

 

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