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LA INJERENCIA FORÁNEA EN EL PROCESO DE LA HABANA

02 Feb

LA INJERENCIA FORÁNEA EN EL PROCESO DE LA HABANABien diciente la cancelación de la reunión prevista del mandatario colombiano Juan Manuel Santos y el presidente uruguayo José Mujica, como una diplomática protesta por la reunión que Mujica adelantara inconsultamente con los delegados de las Farc en la capital cubana con ocasión de la cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe CELAC. La reunión prevista en el marco de dicha cumbre entre los mandatarios se canceló sin mayores explicaciones.

A su regreso a Montevideo Mujica señaló a los medios de ese país, “Alguna conversación tuve con representantes de las negociaciones entre el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc”; los negociadores de la narcoguerrilla le habrían manifestado al uruguayo la existencia de preocupaciones en torno al curso del proceso, sin embargo y sin más detalles Mujica se limitó a afirmar que “Hay preocupación, hay mucha preocupación de que el proceso pueda caminar aunque todo el mundo reconoce las dificultades”.

Es un hecho que este proceso es de interés para los países matriculados en el llamado socialismo del siglo XXI, entre ellos Uruguay y con la invitación a darle apoyo al mismo algunos mandatarios han entendido que tienen carta blanca para tratar a las narcoguerrillas como una fuerza legítima y darles un reconocimiento político que habían perdido desde finales del siglo pasado.

Si las Farc respondieran a la definición de una fuerza insurgente conforme a los parámetros normales, tal reconocimiento político en un proceso que puede conducir a su conversión como fuerza política en el país, sería explicable; pero indudablemente, se está dejando de lado la naturaleza narcotraficante que prima en esa organización donde el 70% de sus estructuras y hombres están plenamente dedicados a esa labor y no a la lucha política a través de las armas. Si por error político, se reconoce a una organización que cada vez es más narcotraficante que guerrillera, se está enviando un pésimo mensaje a la comunidad internacional y se está legitimando el terrorismo de esta forma delincuencial para alcanzar sus fines.

No cabe duda que en sus orígenes y hasta 1993, la meta política de las FARC era la implementación de un sistema socialista en Colombia, por medio del derrocamiento por la vía militar del gobierno de turno existente y su reemplazo por otro que diera espacio al establecimiento de un nuevo régimen político, tal y como fue concebido por el Partido Comunista Colombiano a finales de la década de los 40 mediante la adopción de la tesis de la combinación de las formas de lucha. Hasta ese momento, la toma del poder era el fin último de la lucha armada.  A partir de 1989, pero específicamente a partir de 1993, las FARC reelaboran la  estrategia política, trazando una nueva meta, la  “participación” política de las FARC en el gobierno y en la toma de decisiones. El concepto de “toma del poder” continua vigente para las FARC, pero ahora con la concepción de la participación política del movimiento dentro de la organización estatal (GRANADA, 2001).

Los actuales postulados políticos de las FARC están compuestos por una colcha de retazos ideológicos y filosóficos provenientes de varias corrientes de pensamiento, las cuales se respaldan en la grave situación socioeconómica colombiana para justificar la lucha armada como mecanismo para buscar cambios políticos. Actualmente son dos las corrientes de pensamiento que influyen claramente en el discurso político de las FARC: a. Fragmentos de la ideología comunista. b. Elementos del pensamiento del libertador Simón Bolívar, interpretado y reducido por las FARC a los temas de integración latinoamericana, y no injerencia en asuntos internos y enfocados hacia un discurso anti-imperialista norteamericano (GRANADA, Et.al.), común a la doctrina creada a partir del Foro de Sao Paulo (1989) como respuesta a la caída del socialismo real de la URSS y sus satélites, la ortodoxia marxista-leninista fue rebautizada socialismo del siglo XXI y arropada con matices latinoamericanos propios para presentarse como moderna.

El socialismo del siglo XXI es fiel a las viejas prácticas expansionistas y hegemónicas del ortodoxismo estaliniano soviético, si bien la expresión más dogmática de ello es la desarrollada por Cuba y Venezuela, no menos inclinados a la misma son los otros gobiernos en el poder como el uruguayo; salvar la imagen de socialistas y bolivarianas que reclaman las Farc es pues una tarea del club del Foro de Sao Paulo.

De ahí que el interés del socialismo del siglo XXI no sea precisamente el de ayudar a consolidar la paz en Colombia, sino consolidar a las Farc como carta de penetración e instauración del régimen neocomunista a la usanza venezolana, algo que pueden hacer fácilmente aprovechándose de las bondades de la democracia como ocurrió en el vecino país.

 

 
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Publicado por en febrero 2, 2014 en Opinión Pública

 

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