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AL RESCATE DE UNA CIUDAD

20 Mar

AL RESCATE DE UNA CIUDADSuperado el impase Petro en Bogotá urge ahora la tarea de rescatar la capital de la república del marasmo administrativo y operativo que padece como efecto del desgobierno registrado en los últimos 6 años; Petro es el segundo alcalde separado de sus funciones por violación flagrante de la constitución y la ley, hechos reales que van mucho más allá del tinte ideológico que ha querido impregnarse a lo sucedido en Bogotá.

Después de haber recuperado durante las administraciones de Antanas Mockus y Enrique Peñalosa ese liderazgo de ciudad pujante, en desarrollo y amable con sus ciudadanos y visitantes, Bogotá se convirtió en una suerte de “infierno invivible” como la califican propios y extraños. Una ciudad con más del 80% de su malla vial destruida, con un sistema de transporte masivo colapsado, con una creciente percepción de inseguridad ciudadana dado el avance de la delincuencia común y los cárteles de microtráfico de drogas, manejados en buena parte por las bandas narcoterroristas, carece incluso de un verdadero Plan de Ordenamiento Territorial POT porque el impuesto por Petro esta ad portas de caerse legalmente.

En el diario El Espectador, Juan Carlos Botero calificaba desde diciembre de 2013 lo que significaba el fracaso de la administración Petro; decía el columnista acertadamente que así como el triunfo electoral de Petro brindó una prueba contundente para deslegitimar la lucha armada (la demostración inequívoca de que mediante la reinserción, la renuncia a la violencia, la participación pacífica en la contienda electoral, la aceptación de la democracia y del Estado de Derecho, se llegaba mucho más lejos que a través de las armas), el triunfo de la gestión de Petro como alcalde habría brindado una segunda prueba contundente, especialmente en contra de los sectores más reaccionarios de la derecha: la demostración de que la izquierda no sólo merece espacio y aceptación, sino además respeto por su capacidad administrativa. Lástima, insisto, porque se trataba de una oportunidad histórica para demostrar que la izquierda no tiene que ser apenas un catálogo de buenas intenciones, ni tiene que oscilar entre las payasadas de Chávez y Maduro o la tiranía de los Castro. Podía ser en Colombia, como lo fue en el Brasil de Lula, una fuerza política eficaz y ejecutora, motivada por la compasión y el deseo de ayudar a los más necesitados, pero ante todo capaz de producir frutos tangibles y resultados justos y materiales (BOTERO, 2013).

Nada de eso fue la administración Petro sino que se jugó en un mar de improvisaciones, medidas caprichosas e ilegítimas, peleas internas y externas, confrontación a todos los niveles y sobre todo una inmensa irresponsabilidad en el manejo de la cosa pública, más parecido al hirsuto socialismo de Chávez y Maduro que al manejo inteligente que puede reconocerse en Lula o Correa. Petro cavó su propio fracaso por no saber atender jamás a quienes honestamente le advertían sobre sus errores. Su prepotencia y mesianismo lo llevaron a separarse de sus mejores aláteres en el manejo de la ciudad.

Ese estilo de animosidad y camorrería que impregnó Petro a su administración impregnó la ciudad, por eso una de las más urgentes tareas del mandatario encargado y de quien resulte elegido para culminar este período, es rescatar la ciudad de ese estado de odio de clases que el ex alcalde le puso a todas sus acciones; Bogotá es la capital de Colombia y debe ser enteramente incluyente a todos los ciudadanos sin distingo de condiciones sociales, políticas o económicas, hay que erradicar definitivamente esa idea de que administrar la ciudad es adelantar una guerra a muerte de quienes no tienen contra los que tienen algo que la izquierda predica como solución a los problemas, prédica en la que yace precisamente su fracaso como alternativa política.

Petro le deja un pésimo legado a Bogotá y a Colombia, pretender que su destitución fue por motivos políticos y posar como víctima de la burguesía y el imperialismo, comparándose con Allende, deja mucho que desear de su verdadera capacidad política, podrá ser un incendiario como lo anuncia al decir que ahora se dedicará a promover la asamblea constituyente que las Farc piden en La Habana y podrá convertirse en otro actor de esa violencia soterrada que maneja la izquierda para imponerse como minoría explotando la sensibilidad social, pero ha demostrado que no es un líder proactivo y positivo. Pasar de las armas a la política y a la democracia fue un gran avance, pero jamás pudo desarmar su espíritu.

Petro repitió la misma experiencia mundial de una izquierda a la que se le olvidó que llegar al poder no es lo más importante, sino qué se hace con el poder una vez elegido su candidato o su programa. En ese momento lo único que importa son los resultados y la excelencia de su gestión para superar los problemas sociales y económicos que aquejan a un pueblo, no el mantener el discurso arcaico mientras se contempla cómo se derrumba toda la estructura nacional.

 
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Publicado por en marzo 20, 2014 en Opinión Pública

 

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