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ANTIPOLÍTICA NOCIVA PARA LA DEMOCRACIA

12 May

Los regímenes populistas y autocráticos surgen del descontento de los ciudadanos frente al manejo de la cosa política por parte de sus partidos tradicionales, y en Colombia La U, Cambio Radical, el Centro Democrático, son extensiones del liberalismo y conservatismo tradicional. El alto grado de abstención, los votos en blanco, son signos de alarma de ese cansancio electoral.

De tal manera que el espectáculo lamentable en el que lo político se confunde con lo judicial no es propiamente beneficioso para la democracia o para convencer al ciudadano que cumpla con su derecho-deber de elegir, podría decirse que es una negación irregular del mismo.

Como bien anota René Antonio Mayorga, década de los ochenta se detectara una “brecha de confianza” entre la ciudadanía y sus representantes elegidos (Lipset y Schneider, 1983), que se ha ido expandiendo hasta convertirse in crescendo en desilusión y desencanto con las estructuras de la democracia representativa y los actores tradicionales de la política (los partidos), y finalmente desembocar en la antipolítica. A primera vista, el fermento de la antipolítica ha sido este distanciamiento, por un lado, entre la ciudadanía y los partidos, y la ciudadanía y el Estado, por el otro. La creciente percepción de este divorcio puede ser explicada como resultante del deficiente rendimiento de las políticas públicas (por ejemplo en resolver los problemas de pobreza, combatir el desempleo, erradicar la corrupción, la politiquería y el clientelismo), que deslegitiman al sistema político, y de la pérdida de capacidad de los partidos políticos para agregar y canalizar intereses y demandas sociales.

Indudablemente y de acuerdo a Giovanni Sartori, hay varias explicaciones plausibles sobre el porqué de la antipolítica. Una de las mejores es, a su criterio, que la corrupción política ha alcanzado ya el punto crítico de corromper la actividad política misma (Sartori, 1994), de allí que un debate electoral que debería versar sobre propuestas de gobierno, plataformas políticas o modelos de estado, se convierta en una lamentable exposición de atestados judiciales para demostrar cual es menos corrupto que el otro.

Colombia debería merecer una mejor suerte cuando de definir sus liderazgos se trata, en este festival de mutuas acusaciones, injurias y descalificaciones, el elector siempre saldrá perdiendo y ganarán aquellas fuerzas que son contrarias a la idea misma de democracia y respeto institucional y los ejemplos existentes en el continente no son tan de vieja data; de allí la necesidad urgente de quienes tienen algún nivel de influencia en la sociedad de llamarle la atención a los políticos que no han perdido oportunidad para ser parte del circo de vanidades mediáticas.

No se trata de descalificar a fuerzas políticas críticas del sistema democrático liberal o de excluirlas del escenario político, no es caer en otra trampa antipolítica de estigmatizar a  toda fuerza que se atreva a cuestionar el sistema de representación partitocrático, por supuesto la democracia debe incluir toda forma de pensamiento político y dar espacio para que el derecho a elegir y ser elegido sea una realidad; pero si hay que advertir los peligros que para la sobrevivencia del Estado social de derecho consignado en la Constitución Política implica la irresponsabilidad en el debate político que acude a la pasión y no a la razón y amenaza las reglas mínimas de convivencia social. Esa es una forma también de ejercer la violencia porque conculca derechos fundamentales del individuo.

El clima del discurso político de hoy en Colombia no tiene mucha diferencia con el utilizado a comienzos del siglo XX y que diera lugar a ese ciclo de violencias que aprovechara la izquierda totalitaria a mediados del mismo, para introducir la tesis de la “combinación de las formas de lucha” que aún agobia al país con su expresión narcoterrorista.

Mesura y ponderación es lo que debe reclamarse a los distintos candidatos, buscar ese bien común, ese bienestar general del que habla la Constitución respetando las normas elementales de cortesía y caballerosidad en el discurso; decía Voltaire “No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, de tal manera que la descalificación del adversario o contendor es vulnerar ese derecho a expresarse y por ende contrario a cualquier principio de democracia.

 

 
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Publicado por en mayo 12, 2014 en Opinión Pública

 

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