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EL DILEMA DE LA PAZ O LA GUERRA

27 May

EL DILEMA DE LA PAZ O LA GUERRALa lastimosa politización del proceso de diálogos con las Farc en La Habana para poner fin al conflicto armado interno sólo podía tener como resultado una polarización sobre supuestos, atizada por exacerbadas pasiones en contra de uno u otro candidato presidencial en Colombia, hasta el punto de que uno se reclame autor de la paz y señale a su oponente como profeta de la guerra; o que uno indique que el otro es entreguista al narcoterrorismo y él se proclame como hacedor de la justicia.

Ese es un debate que en nada contribuye a la unidad nacional que se requiere para afrontar no sólo la posibilidad de unos acuerdos, sino para legitimarlos mediante alguno de los mecanismos de participación popular previstos en la Constitución; al día de hoy sobre lo acordado o sobre los disensos sólo existen fragmentarias informaciones sueltas que han ido dejando caer los negociadores a la prensa, sobre lo único que hay alguna certeza es que las Farc renuncian al narcotráfico y podrían ayudar al país a la erradicación de cultivos y de minas antipersonal.

Sobre los resultados de la justicia transicional, definida prematuramente en el acto legislativo sobre el marco jurídico para la paz, no se conoce oficialmente que hay acordado, sólo son objeto de la discusión pública las opiniones personales de algunos congresistas y las desafortunadas afirmaciones del Fiscal General sobre penas simbólicas o trabajo social para los culpables de delitos de lesa humanidad, hoy dice que hay que reconocerles derechos políticos a los responsables de esos crímenes. Pero son voces que no pueden transmitir lo discutido, acordado o no en la mesa de La Habana, pero que generan gran confusión.

Poner el debate en esa disyuntiva, o estoy con la paz o estás con la guerra, impide que el colombiano del común pierda de vista lo importante que puede ser una u otra. Nadie más autorizado que el soldado que a diario padece la guerra para señalar la importancia de la paz. Para el soldado la guerra es un mal inaceptable que debe atender como última razón. La guerra es el mayor de los males que afectan a las sociedades humanas, la fuente de todos los males y de toda corrupción moral, por eso se habla de la guerra como la inevitable continuación de la política. Es la forma extrema del mal general de la naturaleza humana (el egoísmo natural) (Puntos de vista sobre la guerra y la paz., 2006). Pero es un mal del que nadie se puede curar completa e inmediatamente, mucho menos cuando la política pasional ocupa el lugar de la razón y de la lógica.

Hasta ahora ninguno de los candidatos expresó una oposición abierta y una negativa a los diálogos con las narcoguerrillas de las Farc, el candidato ganador en primera vuelta habla de una suspensión para condicionarlos al cumplimiento de unas normas mínimas del D.I.H. por parte de las Farc y relacionadas con el art. 3 común a los Protocolos Adicionales de la Convención de Ginebra de 1949, algo que no se puede presentar como de imposible cumplimiento para los terroristas si éstos tienen una verdadera voluntad de acordar el cese del conflicto.

Más allá del quantum de las penas que deben purgar los cabecillas de las Farc por los delitos cometidos y en el evento de la aplicación de la justicia transicional contemplada en el marco jurídico para la paz, no se puede perder de vista que esta narcoguerrilla es responsable por más de 220.000 muertos, 5.100.000 desplazados y 25.000 secuestrados-desaparecidos entre 1958 y 2002; que los dolientes de estos colombianos no esperan una indemnización solamente por el dolor sufrido, sino fundamentalmente una verdad que repare sus vidas destrozadas por esos hechos.

De tal manera que anunciar alegremente que los responsables de esos crímenes bien pueden pagar sus delitos con trabajo social, pareciere a primera vista una concesión demasiado enorme cuando ni siquiera se ha debatido el tema de las víctimas en La Habana; mucho más cuando hoy el locuaz Fiscal asevera que a los responsables de delitos de lesa humanidad y crímenes de guerra se les deben reconocer derechos políticos sin ninguna condición.

Y allí es donde surge el debate de fondo realmente. No es sobre la conveniencia de la paz o de la guerra, es el asombro de semejantes afirmaciones cuando a diario a soldados y otros colombianos que combatieron a las narcoguerrillas se les aplican penas que equivalen a la cadena perpetua por sus edades y se aspira incluso a penas a sus familias y conocidos por las culpas de aquellos.

De tal manera que hoy se exige claridad y transparencia a los dos aspirantes a la primera magistratura y sobre todo moderación, ponderación y responsabilidad a quienes representando dignidades del Estado osan movidos por el afán mediático, a sembrar cizaña y a dividir a la nación con comentarios y opiniones que no son acordes a la dignidad de los cargos que representan.

Von Claüsewitz señalaba con razón que la paz perpetua o limitada puede ser un ideal, pero sólo es eso, por eso reclama como obligación de los Estados el viejo principio romano de defender la paz preparándose para la guerra, aplicable sólo a los ejércitos legítimos no a los actores irregulares que recurren a la guerra para imponer sus ideales políticos o delincuenciales como ocurre con las narcoguerrillas y las bandas criminales.

De ahí que para ellas sólo es exigible el mostrar su voluntad de paz renunciando a la guerra como método de lucha política y eso en manera alguna representa una humillación como lastimeramente reclama Timochenko en el vídeo que hoy difunden los terroristas con motivo de su luctuoso 50 aniversario. Las Farc hoy no pueden reeditar la oportunidad perdida en 1990 cuando rechazaron la paz que sirvió a otros grupos como Eln, Epl, M19, para reincorporarse a la vida nacional con el perdón y olvido de la sociedad colombiana y mundial.

Hoy no sólo la nación sino los claros compromisos que Colombia tiene impiden que los cabecillas responsables de crímenes de guerra y delitos de lesa humanidad puedan hacer una transición impune a la vida civil, como si nada hubiere pasado; aclarado ese punto seguramente la sociedad colombiana aceptará de la mejor manera lo que se acuerde en La Habana y podrá legitimar dichos acuerdos. Mientras eso no suceda la polarización continuará.

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Publicado por en mayo 27, 2014 en Opinión Pública

 

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