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PONERSE EN LOS ZAPATOS DEL OTRO

24 Sep

PONERSE EN LOS ZAPATOS DEL OTROEl viejo adagio popular de ponerse en la condición del adversario es hoy sinónimo de empatía, aproximarse a lo que el otro siente, vive, piensa, a explicarse el porqué de muchas de sus acciones que consideramos lesionan nuestros propios intereses; la empatía tiene una explicación en la neurociencia, lo que afecta al otro de alguna manera nos afecta como individuos y como sociedad.

“Cuando vemos a alguien llorar o nos cuentan que la madre de un amigo está muy enferma, nos ponemos en la situación de aquella persona y nos sentimos afligidos debido a nuestra habilidad empática. Ese proceso es muy similar al de la niña que trata de coger algo sin éxito y el padre la ve y ayuda. En el fondo tiene que ver con la memoria, con saber entender qué quiere el otro y predecir qué pasará (…) Es realmente fascinante lo que podemos llegar a hacer los seres humanos. Interactuamos unos con otros y nos entendemos, ¡incluso sin hablar! De hecho, con el lenguaje decimos realmente muy poco, la mayor parte de la información proviene del contexto y de que somos capaces de predecir lo que otros deben querer. Que el padre le dé al bebé el biberón es porque ha sabido interpretar la situación y su necesidad”, a partir de esa reflexión Luc Steels explica su teoría de la creación de robots empáticos. (PONERSE EN LOS ZAPATOS DEL OTRO. EL PODER DE LA EMPATÍA, 2014)

A partir de esa concepción la campaña #SoyCapaz lanzada por la empresa privada en Colombia pretende sensibilizar a los ciudadanos sobre la necesidad de aceptar el proceso de negociaciones que se adelanta con las Farc en Cuba y acudir a una especie de perdón colectivo sin condiciones, a los crímenes y delitos cometidos por los narcoterroristas desde finales de los años 40 del siglo pasado, cuando se convirtieron en la parte armada de la combinación de todas las formas de lucha proclamada por el Partido Comunista atendiendo la orden de Moscú (entonces capital del imperio soviético), de crear incendios en el patio trasero de los Estados Unidos.

De ahí y a partir de la misma tesis de la empatía, que las llamadas comisiones de víctimas del conflicto que acuden a La Habana contemplen la universalidad de quienes sufrieron los rigores del conflicto y no únicamente de quienes fueran afectadas por la narcoguerrilla. Tu dolor es mi dolor es el mensaje implícito en el acompañamiento, lo que hicieron las guerrillas yo lo sufrí por culpa del Estado y otros actores de la guerra, así que no te quejes tanto, como explícitamente lo señalara el mediador de la ONU al justificar la exclusión de políticos y militares como víctimas del conflicto.

Por eso precisamente ha dolido el gesto del representante de la iglesia católica al ponerse las botas de un guerrillero para significar esa empatía como gesto de perdón, y es que precisamente la iglesia católica ha puesto su cuota grave en el conflicto; muchos cabecillas de las narcoguerrillas han surgido de ellas, desde Camilo Torres Restrepo, sacerdote jesuita, hasta Manuel Pérez Martínez y Javier Giraldo; con el gesto no se estaban poniendo los zapatos del otro sino los que han calzado muchos representantes de la iglesia desde los años 60.

No se trata de pedir la extinción física, civil o política absoluta del oponente, Colombia ha dado muestras de generosidad para acoger a quienes erradamente se han salido del cauce de la ley en todas y cada una de las frustradas experiencias de paz anteriores; baste señalar como ejemplo lo sucedido con los grupos terroristas desmovilizados en la década de los 90 y su paso al ejercicio de la política democrática, se les abrieron todas las puertas sin restricciones y hoy detentan en cabeza de sus militantes puestos de poder público como la alcaldía de Bogotá.

Lo que el pueblo colombiano mayoritariamente no puede digerir es que los autores de crímenes de guerra y delitos de lesa humanidad, en una equívoca interpretación de la justicia transicional, no paguen aunque sea simbólicamente penas por sus acciones, máxime cuando ellos mismos consideran que no tienen por qué pedir perdón o arrepentirse de lo actuado, en ese sentido la empatía no puede traducirse en perdonar per se al agresor si este considera que no tiene por qué ser perdonado.

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Publicado por en septiembre 24, 2014 en Opinión Pública

 

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