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EL PERDÓN TAMBIÉN TIENE LÍMITES

01 Oct

EL PERDÓN TAMBIÉN TIENE LÍMITESEn estos días da campañas mediáticas y subliminales en que se propone un perdón ilimitado a las Farc, aunque éstas no lo hayan pedido y digan que no tienen que arrepentirse de nada, se apela al sentimiento religioso de los colombianos para que hagan borrón y cuenta nueva con respecto a los crímenes de guerra y delitos de lesa humanidad cometidos por esa organización delincuencial y narcoterrorista, como condición para construir la paz.

Incluso se ha comenzado a crear la idea de una culpa colectiva con respecto a los más de 50 años de violencia vividos por cuenta de la intención política de quienes adoptaron la combinación de las formas de lucha, política y armada, para tomarse el poder e instaurar el socialismo. Sin ninguna vergüenza se afirma que la sociedad debe asumir su culpa y pagar los costos de esa violencia aunque ello signifique sacrificar la verdad y la justicia, señalando que ésta no puede convertirse en obstáculo para la paz.

Es el mismo maestro del perdón por excelencia, Jesucristo, quien enseña que el perdón también tiene límites y que además de perdonar 70 veces 7 a quien ofende (Mt. 18:15-22), hay límites donde la ofensa es de tal magnitud que no alcanza ni siquiera el perdón divino; cuando instituyó el sacramento de la penitencia así lo definía otorgándole a sus apóstoles el poder de perdonar o no algunas conductas de quien no siente arrepentimiento.  Esta es la diferencia entre pecador y corrupto. Quien lleva una doble vida es un corrupto. Distinto es quien peca y quisiera no pecar, pero es débil y va al Señor y le pide perdón. Las Farc manifiestan no sentir ese arrepentimiento, ni tener por qué pedir perdón e insisten a desarrollar las ofensas que las convierten en corruptas a los ojos de Dios y de los hombres.

Al establecer el sacramento de la penitencia, o confesión o como se denomina ahora, de la reconciliación (Jn. 20:19-23), Jesucristo envía a sus apóstoles al mundo con una facultad divina. ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retuviereis, les quedarán retenidos”. Hay pecados, conductas tan graves que no pueden ser perdonadas y por eso, no sólo la Iglesia Católica, sino la generalidad de las iglesias cristianas y de otras religiones, contemplan penas tan graves como la excomunión para quienes incurren en ellas.

Tampoco hay perdón divino cuando no existe examen de conciencia, dolor de los pecados y un verdadero propósito de enmienda. Esas definiciones religiosas también se aplican en el campo social y en el jurídico; si el agresor no acepta los crímenes cometidos, no pide perdón sincero por ellos y se compromete a la no repetición, la sociedad no puede perdonarlo gratuitamente y mucho menos cuando ese agresor amenaza con repetir las conductas criminales si la sociedad no acepta sus condiciones.

Es cierto que el acto de perdonar implica liberación para ambas partes, el ofensor y el ofendido, y que precisamente perdonar es restaurar esos lazos que constituyen cualquier relación y por lo tanto necesitan del concurso de ambas partes. El arrepentimiento y la petición de perdón, como su otorgamiento, implican no que desaparezcan las heridas causadas pero sí que estas sanen y cicatricen.

Con relación a los crímenes de las Farc no existe un deber jurídico, ni mucho menos, una obligación de perdonar, aunque moralmente es bueno y socialmente sea muy conveniente. Si moralmente existe culpa, pues el acto puede calificarse de indebido, es lógico que, desde la perspectiva moral, el ofendido pueda perdonar y el ofensor ser perdonado, para lo cual es necesario el arrepentimiento. Pero se trata de un acto de gratuidad, no es debido y, además, no se rige por la justicia humana[1].

¿Qué legitimidad puede tener entonces un perdón judicial impuesto porque es políticamente conveniente a las Farc, si éstas no reconocen sus crímenes ni a sus víctimas, no manifiestan arrepentimiento y consideran que no tienen por qué pedir perdón? Eso es una revictimización de los colombianos obligados no sólo a perdonar por decreto, sino a asumir las culpas de la violencia que desataron sus agresores.

Ese perdón forzado no garantiza la paz. La víctima no puede vivir en paz bajo el peso del agravio, pues genera un estado permanente de desasosiego, ni tampoco el agresor puede vivir en paz con la conciencia, más o menos latente, de la culpa. Además, el perdón de la víctima, en principio, carece de relevancia jurídica, pues no impide ni el enjuiciamiento de la conducta criminal ni la sanción del culpable como es debido en derecho y en justicia so pena de destruir todo el sistema jurídico que cohesiona a la sociedad[2].

[1] SANCHO GARGALLO, Ignacio. Relevancia jurídica del arrepentimiento, el perdón y la reconciliación. Temas de Psicoanálisis. No. 7. Enero de 2014.

[2] Ibíd.

 
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Publicado por en octubre 1, 2014 en Opinión Pública

 

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