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UNA GUERRA DE RUMORES

25 Nov

UNA GUERRA DE RUMORESSi de algo podemos estar seguros los colombianos es de que la guerra no la han ganado las Farc, ni tienen tampoco la capacidad para ser la amenaza a la seguridad nacional que pudieron representar a finales del siglo pasado; hoy esa organización criminal es un reducto de terroristas en procura de golpes mediáticos para recordarle al mundo de su existencia pero sin capacidad para obligar por las armas al Estado a aceptar sus pretensiones.

Los actos terroristas buscan un gran despliegue mediático para crear la sensación de fuerza militar y de presencia territorial, pero no tienen la capacidad para alterar el rumbo de la nación o del gobierno en tanto no afectan centros de gravedad estratégica o causan tal perturbación que rompa el equilibrio del poder y del ejercicio de sus funciones constitucionales. Utilizar minas antipersonal y afectar sectores vulnerables de la población civil, aterrorizar y someter a ciertos sectores de las comunidades indígenas, negras o campesinas para realizar pírricas manifestaciones contra el Estado, secuestrar o reclutar menores de edad para fines criminales, no causan otro daño distinto a la de restar para la misma organización delictiva cualquier apoyo popular.

En la medida que se dilatan los diálogos en La Habana sin acuerdos concretos y reales, hasta ahora sólo hay preacuerdos parciales, crece el rechazo popular a la organización criminal y este rechazo si afecta sus planes estratégicos como quedó visto en le presión social y política ejercida por los ciudadanos para exigir la liberación inmediata y sin condiciones de 4 militares y una abogada civil secuestrados por estructuras criminales de esa organización, hecho que mermó la confianza ciudadana en los resultados del proceso de La Habana e incrementó la exigencia para que los responsables de delitos de lesa humanidad y crímenes de guerra sean efectivamente castigados y privados de derechos políticos aún en el caso de firmarse algún acuerdo de cese del conflicto.

Desafortunadamente los golpes militares que a diario propina el Ejército Nacional a las narcoguerrillas y las bandas criminales no son artículos de consumo mediático, como dejaron de serlo las diarias desmovilizaciones de miembros de esas organizaciones criminales, las capturas y la desarticulación de estructuras a lo largo y ancho del país. Puede decirse sin error que existe una relación de 10 neutralizaciones de acciones terroristas o delincuenciales por cada acto que llegan a ejecutar estas organizaciones y los medios le dan más despliegue a ese único acto realizado.

Decir que las Farc han recuperado terreno perdido no deja de ser un exabrupto, ya en la mayor parte del país fueron neutralizadas o desvertebradas completamente las estructuras criminales que otrora causaron tanto daño y dolor, la labor terrorista la adelantan células de milicianos o reductos de esas estructuras y para ello no requieren gran concentración de fuerza, tres o cinco individuos pueden colocar un artefacto explosivo y detonarlo a distancia causando más un efecto psicológico, que es el que realmente buscan, que un daño grave a la institucionalidad; realizar desfiles en las universidades o colocar pancartas en las ciudades aprovechando la oscuridad de la noche no es una acción de guerra sino de una propaganda desesperada que busca crear sensación de inseguridad ante posibles actos mayores que promocionan pero no pueden ejecutar.

Regar rumores mediáticos es la especialidad de la narcoguerrilla y sus apologistas, hablar de futuras desgracias sino se cumplen sus exigencias ha sido la táctica publicitaria de muchos años y apenas si les da algunos resultados parciales y muy temporales. Las milicias de las Farc desarrollan en las ciudades la misma táctica que otrora utilizara el desmovilizado M-19 pero con resultados adversos a ellas mismas, como acaba de suceder en la Universidad Nacional de Bogotá donde los estudiantes destrozaron indignados una placa alusiva a los narcoterroristas que un grupúsculo había instalado; la condena proferida por la autoridad indígena a los criminales que asesinaron a dos miembros de la comunidad Nasa en el Cauca es otro ejemplo de ese despertar de los ciudadanos contra quienes no tienen otro fin que el delito como modo de vida.

Que en lo político  hayan ganado cierto reposicionamiento es también discutible; se hicieron visibles nuevamente en el plano internacional pero están cometiendo los mismos errores que llevaron a la comunidad mundial a calificarlas como organización terrorista y narcotraficante. La prepotencia y falta de una verdadera visión política es una manifestación de su anacronismo y divorcio con la realidad, su discurso refleja el grado de degradación en que se encuentran y sólo tiene eco en los mismos sectores minoritarios que han hecho apología de la combinación de las formas de lucha para la toma del poder.

Colombia y el mundo se están dando cuenta de que las Farc actúan en contravía a su discurso; mientras en La Habana hablan de paz y acuerdos para lograr la reconciliación nacional, en Colombia insisten en la comisión de delitos de lesa humanidad contra la población civil más vulnerable y contra ciudadanos humildes que conforman la Fuerza Pública, la persistencia en el narcotráfico, la minería ilegal, el reclutamiento de menores y el uso de armas no convencionales, no las diferencian en nada de las bandas criminales de derecho común negando así su pretendida naturaleza política.

Hasta los más optimistas defensores del proceso de La Habana ya están advirtiendo que la paciencia de los colombianos tiene un límite y los narcoterroristas están insistiendo en violentarlo con sus actos depredadores; la suspensión temporal de los diálogos con ocasión del secuestro del BG Alzate es apenas un aviso de alerta que esta organización criminal debe tomarse en serio y abandonar esa posición prepotente y cínica de la que han hecho gala en estos 2 últimos años para abordar con seriedad y respeto el proceso de finalización del conflicto; ellas son las únicas responsables de desescalarlo y acelerar un acuerdo final y sólo lo harán cesando toda acción criminal contraria al Derecho Internacional Humanitario y a la legislación nacional, es el único e inamovible requisito para que Colombia crea realmente en ese proceso.

 
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Publicado por en noviembre 25, 2014 en Opinión Pública

 

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